7 ago. 2013

El refugio, con aquella atmósfera asfixiante causada por la ausencia de ventanas o de contacto con el exterior, estaba en silencio.
La muchacha, normalmente confiada, entraba despacio, sin querer romper el silencio. En ciudad extraña y con un hombre sobre el que rondaban historias. Terribles historias.

La hace pasar y le ofrece algo de beber, oferta que ella declina en silencio.
Comienzan a hablar de su origen, de la ciudad de la que proviene. De las circunstancias cada vez más tensas que se viven en Moscú.
Ella, sabiendo a qué supuestamente se debía aquel caos, se inclina hacia delante. Desvía su mirada de aquellos ojos de hielo.

Siente temblores. Una voz en su cabeza, comenzaba a hacerse lugar.
Disimula el zarandeo de su cabeza, nunca había sentido algo así. ¿Era acaso ese hombre? Una sonrisa estaba empezando a surgir en sus labios, una sonrisa de satisfacción, de victoria.

Se levanta, tambaleante, huyendo de aquel lugar que parecía estar sin salidas. Comenzaba a sentir mareos. Como si el suelo no permaneciese en el mismo lugar.
Pero entonces, unas manos firmes, con increíble fuerza, la sostienen.

- ¿Se encuentra bien, señorita Hansen? - escucha en un susurro, con una voz suave y sedosa, que parecía no pertenecer a ese mundo.
- Sí... - intenta deshacerse de él, apartandolo, aunque sin fuerzas.

Comienza a pedir ayuda en su mente, evocando la imagen de la mujer que siempre acudía en su ayuda.
La llama en susurros, hasta que su voz se apaga, quedando el movimiento de sus temblorosos y entonces pálidos labios. Aquellas manos, que la sostenían, los acaricia. Como si pudiera beber de esas palabras.

- Si pudiera ver lo que yo... Si pudiera saber lo que yo... - comienza a decir él, cada vez con una sonrisa más pronunciada. - Quizás... podamos intentarlo...

Y las imágenes de ella, antes como una evocación, se hacen más nitidas.
Oscuridad. Ella. Oscuridad. Ella. Como los latidos de un corazón.
Gritando de dolor, sintiendo la tortura que generaba placer en el hombre que la sostenía. Abrazándose a su cuerpo como súplica para que tuviera clemencia. Para huir del dolor.

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